Omar Roberto Jorge, o quien a través del fútbol construyó sus más importantes afectos

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Omar Roberto Jorge está entre las personalidades más emblemáticas de la historia del fútbol de nuestra ciudad. Dueño de un temperamento particular, es una persona frontal que no calla lo que piensa. A través de la pelota y con disciplina construyó una magnífica carrera como futbolista y entrenador, al mismo tiempo que edificó una incondicional familia que está para acompañarlo.

Es pergaminense, tiene 64 años y nació el 30 de agosto de 1956. Hijo de Isabel Tanus y de Jorge Julián Jorge, hermano de Zunilda Ester, Rubén Damián, Vilma Luján y Blanca Beatriz. Omar es padre de Ramiro y Juan Ignacio, producto del matrimonio que contrajo con su esposa Adriana López, hace 40 años.

Infancia feliz, con carencias

Se crió en el barrio Vicente López, “era el barrio ‘La Bronca’, era temerario”, recuerda sentado en el living de su casa y luego de acceder a trazar su Perfil Pergaminense y contar su historia. Lejos de la abundancia, Jorge hizo sus primeros pasos de vida en un seno familiar señalado por la humildad y el trabajo. “Mi infancia fue feliz, sana, pero con muchas carencias. Económicamente mi viejo me daba lo mínimo, lo que me podía dar, pobre. Mi padre era pintor y era el único que llevaba el dinero a mi casa. Mi madre era ama de casa, eran años de mucho sacrificio”, cuenta.

Sin la tecnología que rodea a los jóvenes de hoy, asegura que en ese momento “nos conformábamos con nada, vivíamos con muchas falencias. No teníamos televisión en casa, nos criamos de otra manera, jugando al fútbol, disfrutando de los carnavales. Eso me hizo muy fuerte”.

Desde muy chico encontró corriendo detrás de una pelota su espacio de diversión. “En ese tiempo había muchos baldíos y nos metíamos a jugar con mi grupo de amigos. Hacíamos mucho potrero. Recuerda “a los Carrasquera, Ortega y a muchos otros” con los que sigue teniendo contacto cuando “se da la oportunidad”. “Sé de dónde vengo”, confiesa orgulloso de los valores que forjó desde sus principios.

Los estudios primarios los cursó en la Escuela Nº 16 de Florida y Rivadavia. “Era un nivel medio, pero de esa escuela han salido muy buenos profesionales. Todavía nos seguimos viendo con mi curso, cuando podemos nos juntamos y recordamos cosas, al menos intentamos hacerlo una vez al año”, dice.

Luego pasó al Industrial, en donde siguió la especialidad de radio y televisión, y si bien revela que no le gustaba estudiar, cuenta que fueron las necesidades económicas de su familia las que hicieron que a los 14 años abandone la escuela para dedicarse al trabajo. “Empecé en la fábrica de mi cuñado, hacíamos las bombas de engrase”, recuerda.

Sus inicios en el fútbol

Aunque la exitosa carrera de Jorge como futbolista queda marcada por sus grandes desempeños como defensor central, sus inicios lo vieron vinculado a otro puesto. “Me gustaba ser arquero, incluso había salido campeón provincial de handball con Pergamino junto al profesor Stachiotti en los Juegos Evita. Y luego de un tiempo me pasaron como delantero”, revela.

La carrera deportiva de Omar comienza en Tráfico’s Old Boys, con 12 años, para integrar la séptima división de ese club. Meses más tarde se incorporó a la Liga Rural para defender la camiseta del barrio Atepam, pero siendo muy joven todavía no tenía definido un objetivo. “El fútbol me gustaba, por supuesto, pero no me veía con condiciones para ser profesional”, confiesa.

Hasta que un consejo cambió su vida. “Paciencia” Castañares le recomendó entrenar y lo invitó a sumarse a la Cuarta División de Argentino, “tenía como técnico a ‘Cacho’ Almada y a los 17 años el ‘Colorado’ Sierra agarró Primera División. En ese tiempo jugaba los sábados en Cuarta de titular y de ‘9’ y los domingos iba al banco de Primera como marcador central. Al año ya era capitán de Primera y eso que en ese tiempo estaban Ferreyra, Caniglia y ‘Laucha’ Abdala, un montón de jugadores de un nivel bárbaro y con experiencia”.

Jorge integró ese equipo que en 1976 y luego de dos décadas y media se consagró campeón de la Liga de Pergamino. Cuenta que antes de ese torneo, Lucini lo llevó a probar suerte a Palmeiras de Brasil junto con Cuello, Santachiara y otros, pero el destino hizo que regresaran a Pergamino y en su vuelta se sumó al seleccionado de nuestra ciudad para afrontar una gira por el sur del país. “Enfrentamos a equipos como Cipolletti y General Roca que jugaban en el Nacional. Recuerdo que tuve un gran torneo, hicimos una magnífica dupla con Nazareno Morresi y después de ahí se dio mi pase a Vélez”.

Vélez: el profesionalismo

La era profesional de Jorge se inicia en enero de 1977, cuando Vélez Sarsfield resuelve comprarle a Argentino de Pergamino la totalidad de su pase. “Estuve cerca de ser jugador de River Plate por un llamado de Sívori. Se comunicó conmigo y me dijo que me quería ver, pero como en Vélez tenía asegurado que iba a jugar, decidí quedarme ahí”, confiesa.

En ese entonces tenía 20 años y admite que una serie de factores generaron un “click” en su cabeza: “Para mí era todo nuevo. Me fui a Buenos Aires con un buzo que me prestó mi hermano, era lo único que tenía. Pasé a comer tres veces por día, a descansar como debía. Cuando vi eso supe que ya no podía regresar más a Pergamino”.

Como todo arranque en un club profesional, Jorge tuvo su momento de decepción que lo ayudó a fortalecerse. “Hice la pretemporada entera con Jorge Kistenmacher y Miguel Ignomiriello. Me tocó debutar de lateral derecho en La Plata, contra Gimnasia. Perdimos 5 a 1 y cuatro de los goles vinieron por mi lado. Un debut impensado. Después mi segundo año fue más sólido y con 22 años ya tenía 80 partido en Primera División. Me había ganado un respeto, era difícil que me sacaran”, admite.

Omar defendió durante siete años la camiseta de Vélez Sarsfield y jugó 300 partidos en Primera División con el fortín. Compuso el primer equipo del club que logró clasificar a la Copa Libertadores, en 1980. “Ahora es fácil jugarla porque van seis equipos, pero en aquel momento solo accedían el campeón y el subcampeón de cada país”, señala para magnificar tamaño cometido de ese plantel.

Tras su paso por Liniers fue transferido a la Universidad Autónoma de de Guadalajara, México, ciudad en la que vivió cuatro años y donde nació su primer hijo, Ramiro. En 1988 regresó al país para jugar en San Lorenzo de Almagro y desde 1989 hasta 1992, año de su retiro, vistió la camiseta de Douglas Haig, el club de sus amores, en el que integró uno de los planteles más ambiciosos que tuvo el rojinegro en la Primera B Nacional y en el que es considerado uno de los mejores marcadores centrales de la historia de la institución.

Los duelos con Maradona

Durante su estadía en Vélez Sarsfield, Jorge enfrentó a Diego Armando Maradona en varias ocasiones. Primero cuando el astro jugó para Argentinos Juniors y luego cuando pasó a Boca. “Con Diego nos habremos enfrentado unas ocho veces. En uno de esos partidos cambiamos las camisetas (guarda ese recuerdo en un cuadro que decora el comedor de su casa). Ahora los coleccionistas me la quieren comprar, me ofrecen mucho dinero, pero es invendible”, asegura.

Hacia Maradona lanza palabras de elogio. “Diego siempre fue buena gente, además de un extraordinario jugador. No era fácil ser Maradona, tenía un poder enorme, cualquiera de nosotros hubiese reaccionado peor que él en su lugar a lo largo de su vida. Era admirable todo lo que hacía”, manifiesta.

Su familia, su máximo logro

Para Jorge la conquista más importante que le dio el fútbol fue su familia. “Para empezar yo a mi señora la conocí en Liniers, en el Polideportivo. Ella hacía basquetbol y yo vivía en la pensión de Vélez. Estamos casados hace 40 años. Ella tenía 18 y yo 23 cuando nos casamos y a partir de ahí formamos nuestra familia, que es lo más valioso que tengo”, cuenta con inmenso orgullo.

Asimismo reconoce que su trabajo en el fútbol lo distanció en ocasiones de su familia: “Hemos estado un mes sin vernos, pero después estábamos dos meses juntos. Compensábamos ese tiempo. Yo siempre puse a mi familia por delante de todo, cuando yo no estaba hacía venir a mis suegros a mi casa para que nos acompañaran”, cuenta.

Por el lado de lo futbolístico, Jorge también se animó a identificar el principal éxito de su carrera: “Si se trata de una cuestión emocional, pienso que jugar con la Selección Argentina fue lo máximo que me tocó. Ponerme esa camiseta y cantar el himno en la Copa América (en 1983) para mí fue algo extraordinario. Me llevó Bilardo a una gira y después terminé siendo parte del equipo”.

El arribo a Douglas

Tras su paso por San Lorenzo, en 1989 se inicia un vínculo pasional entre Jorge y Douglas Haig. Con pocas posibilidades de seguir en Primera División, arribó al rojinegro solicitado por Miguel Ignomiriello, DT de ese momento. Y en la temporada 1989-1990 estuvo con el club muy cerca de conseguir el ascenso a Primera. “Ese fue un equipo de hombres, pero además era muy difícil para los rivales jugar en la cancha de Douglas. Acá vinieron equipos con estructuras grandísimas y les hemos pegado cada baile”, rememora con orgullo.

En 1992, los dolores en su cadera le pusieron fin a su carrera futbolística pese a los intentos de Juan Miguel Echecopar y Walter Dimattía por retenerlo. Tras el alejamiento de Echecopar de la dirección técnica, un inexperto Jorge inicia su carrera como entrenador. “Al principio las cosas iban bien, armamos un equipo competitivo, pero después se empezaron a hacer mal y todo derivó en el descenso”, señala.

En el rojinegro Jorge vivió un montón de circunstancias en los tres ciclos que tuvo como entrenador, pero indudablemente la etapa que quedó marcada con el sello del éxito fue en la temporada 2011-2012 del Torneo Argentino A, cuando el esquipo alcanzó el ascenso a la Primera B Nacional con un plantel cargado de pergaminenses y con un fuerte sentido de pertenencia.

En la actualidad y desde hace nueve años se encuentra alejado de la dirección técnica, pese que su nombre siempre suena en los pasillos de Douglas Haig en cada recambio de entrenador. El no se siente afuera. “No me puedo alejar del fútbol. Casualmente en estos días me llamaron de Universitario de Perú (fue coordinador general en ese club) porque necesitan un “9” y querían que los aconseje. Nunca me puedo desligar, pero también me costaría irme de Pergamino”, sostiene.

Por lo pronto sigue consumiendo fútbol a toda hora y de cualquier liga, además de compartir charlas. “Estoy actualizado de todo lo que pasa, pero en el roce siento que no hay nada que me seduzca. Hoy no estoy en el mercado”, considera.

Incluso se ve lejos de tener una nueva oportunidad en Douglas Haig, más allá de que no descarta definitivamente. “Lo que pasa que tienen que cambiar muchas cosas y sé que no van a cambiar. Y yo no puedo dejar de decir las cosas que siento, iría en contra de mis ideales. El día que deje de expresar lo que siento y mis enojos, voy a dejar de ser la persona que soy, y no quiero que eso pase”, expresa.

Cerca de los suyos

Mientras tanto, Omar Jorge disfruta de sus días junto a la familia y añora pasar el resto de sus días acompañado de sus seres más cercanos, como también de los amigos. “Tengo una casaquinta que está a cinco minutos de Pergamino. Cuando me voy de vacaciones quiero ruido y lío porque la paz la tengo todo el año en ese lugar. Hay una tranquilidad inmensa. Tengo todas las comodidades: pileta, Internet, una huerta y animales, pero lo principal es que no tengo horario. Imagino seguir así, disfrutando de mis hijos y nietos, soy muy familiero”.